Carina Meirás, 2007


LA REINA QUE NUNCA PERDIÓ

Sara se hamaca en la silla, teje y bebe sorbos del té rojo que trajo el almacenero. Sara teje y canta algo en voz baja; está en su mundo. Mientras, Amalia se pinta, se maquilla y espera que Sara le diga: qué linda estás, o: parecés una reina. Pero Sara no dice nada; canta y toma de a sorbos su té rojo.
Son los momentos que más le revientan a Amalia, cuando su hermana gemela está en su mundo.
Amalia, entonces, muy guapa y con una cierta agresividad tilinga que le da su aspecto de jovencita Play boy, sale, inmune al frío de dos grados y mostrando el ombligo, a cazar.
No le resulta nada difícil que se le acerque el primero, que se bebe lentamente y no lo mata. Quiere dejarlo a su merced por unas horas. Lo lleva a la casa y se lo muestra Amalia como trofeo; le muestra su cara de embeleso.
Ah, le dice Sara, cuarentón con bermudas de payaso ciego. Fuiste a lo fácil.
Amalia no es indiferente al cinismo de su hermana, pero no dice nada; en tanto que Carlos alterna su mirada hueca entre la tele y Amalia, quien se desliza frente a la pantalla, imitando las poses de las modelos en biquini.

Es raro que Sara salga a cazar, más bien, se dedica a tareas domésticas, para las que Amalia carece de paciencia. Sara espera lo que trae Amalia, y ella come también. A veces ataca al almacenero, que viene a cobrar la cuenta, aunque sólo le saca un poquito de sangre, para engañar el estómago y mantener el dominio que hace posible que reciba el pedido (siempre tallarines, tomate, especies; siempre vino tinto y sevenap) y la cuenta jamás cancelada.
Voy a preparar tallarines, dice Sara.
Aparte de Carlos, es lo único con lo que se alimentan ambas.
Es que las dos adoran los tallarines, y a Amalia le gusta el vino tinto, sobre todo, esos que tienen leyendas. Amalia no distingue el sabor, pero siempre le agradó repetir la voz de los expertos; por eso prefiere los de etiquetas que dicen, por ejemplo: con un delicado aroma a eucaliptus y frutos silvestres. Los toma en copas de cristal tallado, y el rojo tornasolado de la copa vuela sobre la cara pintada de Amalia.
Sara, en cambio, toma sevenap.

Hace tantos años que Amalia y Sara viven juntas, que de alguna manera se odian, pero de otra se aman. Por eso Sara, que a pesar de ser un minuto menor que su hermana tiene un verdadero aspecto de mujer, sirve los tallarines con maternal paciencia, mientras Amalia hace pilates, mirando al aparato. Cuando se sientan a la mesa, Carlos se coloca al lado de Amalia y le toma la mano, pero Amalia se desprende del contacto bruscamente, porque tiene un hambre salvaje, producto del ejercicio.
Sara odia saber que en cuanto se sienten y Amalia destape el vino, va a recitar la dudosa descripción que acaba de memorizar, y a tomar sorbos, con gesto de catador. La fatigan esas ceremonias del vino, reiteradas desde hace casi un siglo. En cambio, a Amalia lo que la harta es que Sara come los tallarines con cuchara y tenedor, sentada derecha en la silla, como una gran dama; un pequeño lujo que se da Sara, que por lo regular es una persona sencilla.
Cuando terminan de comer, ambas se beben un poco a Carlos, y antes del amanecer, las dos se van a dormir. Sara se lleva a la cama una buena novela policial, en tanto que Amalia lee a Paulo Coelho.
Nada de féretros en sus dos cuartos en el sótano, donde las gruesas ventanas (una está por romperse en la habitación de Amalia, y Sara siempre le dice que hay que arreglarla) no dejan entrar ni un pequeño rayo de sol. Tienen camas muy cómodas; la de Amalia, con sábanas de raso.
Antes de entrar a su habitación, Sara le avisa a Amalia que al día siguiente habrá limpieza general.

El último pensamiento que tiene Amalia antes de dormirse es que la fastidia limpiar, aunque sabe que es el único día en el que ayuda un poco a su hermana con la casa; el que tiene Sara es que le molesta que Carlos se quede vivo (siempre le ha costado dejar un Carlos solo en la casa, pero, a la vez, sabe que la va a cuidar como un perro guardián).
Por su parte, Carlos, ante la ausencia de Amalia, opta por comer estofado que le dio Sara, quien sabe bien cómo alimentar a los Carlos, por si la noche siguiente se requieren sus servicios sanguíneos.

Poco después de que se levantan, y luego de desayunarse un poco a Carlos, se abocan a la limpieza general.
Sara es muy dedicada, y queda todo impecable, pero hay un problema en el baño, ya que la canilla de la pileta pierde, ninguna de las dos sabe arreglarla, y Carlos, que sospechan podría estar capacitado para tales tareas, no parece estar en condiciones de nada.
Cuando Sara decide que va a preparar los tallarines y Amalia va a buscar el vino, tocan el timbre.
Sale a atender Amalia, y es toda sonrisas con el almacenero, pero, a pesar de que lo ha intentado mil veces, no consigue quitárselo a su hermana, y en cuanto el almacenero ve a Sara, va con la cuenta en una mano, la canasta con los tallarines en otra y los ojos alegres de una foca.
Hola, qué alegría verlo, dice Sara. Pase; por favor. Usted, que es un caballero, debe saber cambiar un cuerito roto, que no nos deja dormir. Seguro, Sarita, dice el almacenero, y se va al baño con Sara. Y pasan los minutos y Amalia oye murmullos, carcajadas, y se asoma al baño; ve al almacenero arreglando la canilla y a Sara cebándole mate. La conyugal escena le parece el colmo, y decide ir a cazar, antes de que su hermana haga los tallarines.

Cuando Amalia regresa, lejos de encontrar los tallarines hechos, se encuentra a Carlos, que una vez más la hace objeto de su devoción, y nada en la mesa; es decir, la situación ha empeorado. Amalia destapa un vino tinto, se lo toma y se va a dormir, no sin antes extraerle un poco de agua de vida a Carlos, que, por su larga duración, parece ser un tipo con buena salud.
Qué mal momento cuando Amalia llega a su cuarto y escucha las risas indolentes de Sara. Sin embargo, la noche siguiente es cuando empieza el problema peor, porque el almacenero comió con ellas los tallarines, se tomó media botella de vino con bouquet de grosellas y manifestó su voluntad de hacer un asado en la terraza.
Pasan las semanas, y el almacenero parece no tener ganas de partir de la casa; Sara hasta le pone el despertador, y el almacenero se va, oscuramente, a su trabajo, mientras las hermanas aprovechan el día para dormir.
Cada noche en la que regresa el almacenero, Amalia, con furia, ha traído un nuevo Carlos, a ver si puede provocar alguna reacción en Sara; pero nada, las cosas siguen igual: el almacenero vuelve todas las noches, comen tallarines los tres, contemplados por los Carlos, y todos los aparatos de la casa están arreglados, porque, eso sí, el almacenero es muy habilidoso.
Sara está tan feliz, que le ha dejado llenar a su hermana la casa de Carlos, y cuando la ve arreglada para cazar, le dice: Estás hermosa, sos la reina que siempre había ganado.
Pero una noche, el almacenero no llega, y las dos comen los tristes tallarines.
Y sucede que transcurre tiempo sin que aparezca el almacenero; la casa es un desastre, porque Sara no tiene ánimo para nada, y ya casi no quedan tallarines. La misma Amalia ha sentido pena por su hermana, por lo que la ha alentado para que entre las dos se beban a la mayoría de los Carlos, y entonces sólo dejan vivo al primer Carlos, porque hasta le han tomado un cierto cariño.
Y otra noche, borrachas de Carlos y vino tinto, las sorprende el timbre. Es el almacenero que vuelve. Perdoná, Sara, pero estuve anémico, dice. Hace días que no me puedo levantar de la cama.
Hasta Amalia se alegró esta vez, y le dijo a Sara que le prestaba su cuarto, decorado en rojo y con sábanas nuevas de raso. Amalia se ablandó tanto, que salió a cazar, pero no trajo ningún Carlos, y cuando volvió, le calentó a Carlos el estofado, como un ama de casa feliz, e, incluso, le puso el fútbol (que éste parece seguir con cierto interés). Después, aguantó las risas en la habitación contigua, mientras leía a Coelho, en el cuarto de su hermana.
La tristeza de Amalia vino la noche siguiente, cuando encontró juntos, y en un gesto de cariño, los huesos del almacenero y su hermana Sara, porque se había caído la ventana que el almacenero había prometido arreglar.