Andrés Bermúdez, 2009


A ESOS PAÍSES

Entre todas las fotos de puentes y ríos se había colado aquella otra, que no pertenecía al resto y que por eso mismo le daba consistencia y solidez. Era la excepción a partir de la cual se definía la norma.
No había podido dormir bien y repetía el momento en que él me las entregaba silencioso. Ayer, antes de ayer o siempre, con esa euforia pálida, enmudecida, con que me hacía concesiones y regalos. Pasó tanto tiempo desde nuestro último jugar simbólico a ser de esos países. Su configuración y su realidad deben ser tan distintas ahora. Belgrado debe ser otra, y Varsovia también otra, aunque aún queden esas hembras bellas, fibrosas, de las películas. Nunca tuvimos nada que ver con esos pueblos, es verdad –en este diablo caliente de isla qué sabemos de ideales y temas serios–.
Ahora que me levanto, y por lo de anoche, se hunde un barco en mi cabeza, barquito de whisky en que me salvé de todo lo demás. Apenas ahora puedo discernir esas imágenes, los pálidos contornos, las pocas personas achicadas por la amplitud del espacio. Hay gente que camina despreocupada, gente que tiene algo que hacer, ruidosamente, no como él, hermano viejo, al darme las fotos y estrecharme una semisonrisa de labios cerrados, casi egoísta. Y esa otra, en blanco y negro, que está singularmente dedicada en la parte de atrás, y en la que aparece una señora solemnemente con un perro, paseando frente a una casa como de adobe donde las aperturas son un umbral y una persiana. Si entiendo bien, quien se la dedicó fue una gordita, aunque nunca me lo dijo. Siempre le gustaron las gordas, al viejo, decía que eran buenas para el amor y que no tenían vergüenza. Y no sabe la razón que tiene, esta flaca que tengo ahora es un mueble, sin ritmo, sin complicidad ni silencio, sin respiración. Debí darle al viejo la razón anoche cuando me entregaba las fotos. “De Haydée, por esos años de la Facu, juntos. No me olvides.”
Pero lo que le gusta son las fotos de ríos, los mapas, la geografía en general, los puentes. Precisamente hace unas noches me pedía que le compre un globo terráqueo. Y le dije que sí, qué remedio, aunque son tan caros que ni pensarlo, pero por qué voy a matarle la ilusión a alguien si me pide algo imposible. En una existencia imposible, además, pienso ahora, mientras subo la cuchilla de afeitar y enfrento ese ardor que tanto me gusta y que cada día me convierte en un niño.
Ayer vinieron ellas, no sé si una de ellas preguntaba por él, que llegaría cuando ellas se hubieran ido, y estuvimos hasta las tres, hasta las cuatro, qué se yo, esa flaca no para de hablar ni de tomar, no sé cómo se levanta a trabajar para la compañía y logra contestarle llamadas a toda esa gente imbécil. A mí no me molesta, en realidad lo mío exige más y menos al mismo tiempo: ser tranquilo hasta el momento de ser implacable y mortal y después ser tranquilo de nuevo. Fluir, no pensar, disolverse. Es sencillo, me paro en la esquina, estoy pendiente de quiénes se acercan –eso sí, estar pendiente es lo principal– y el resto sucede solo. Paso el día en automático. Pensar que fue él quien me hizo conocer a esa gente, cuando se nos moría la abuela y las horas que nos daban en la tienda eran tan pocas. La vida como que nos pagaba mal en esos días. Él, que ya se desaliñaba un poco y había dejado de ir a las discusiones de política y marxismo después de las clases, e incluso Haydée empezaba a distanciarse un poco, para dejarlo en definitiva dos meses más tarde.
Jugar a lo de las capitales, memorizar ciudades y países, lagos del norte, estrechos de agua en el Canadá, los nombres de las islas de un archipiélago, y ahora que me da las fotos y me pide el globo. Somos permanentemente niños, yo con esta lucidez que robo de él como de a sorbos lentos. Pobre viejo, ya cuando nos enteramos de la muerta repentina de Haydée –obvio que ya no estaban juntos– se le notaba, más que la tristeza, la antipatía. Ahí ya era un tipo distinto de niño. No tanto el signo de un niño sino un niño real, desmejorado y casi inválido. Hoy sé que anoche cuando me entregaba las fotos su regresión era auténtica, y más con el viejo, que nunca ha sabido fingir. Pésimo actor que es mi hermano. Y yo que le preguntaba si le gustaría ir a esos países, y él me decía que no, que si íbamos todo moriría. Aunque nunca podríamos ir por el tema de la plata. Y esa otra foto, con el perro, el viejo no hizo comentarios, quizás porque sabía que me la entregaba, podía haber sido una toma de la película Casablanca o el retrato de una mujer que se salvó por unos segundos de un carrobomba en Kiev o en Tel-Aviv y caminaba serena para no quebrar el hechizo. El perro asentía, iba disciplinadamente con ella y soñaba con estar en el espacio, pero era apenas el perro que iba con ella.
En las otras, los parques antes de 1991, uno que otro niño con su padre, pero sobre todo puentes, ríos y puentes, como la vez que el viejo llegó con la cara cortada al lado del ojo y una cortadura más pequeña en el antebrazo le sangraba, y yo le pregunté que qué había pasado, pero no quería hablar, sólo me hablaba de un famoso puente que había en alguno de esos países, en Bulgaria o en lo que ahora sería Serbia. Nunca entendí qué tenía que ver todo aquello cuando era evidentemente más importante saber qué le había hecho la otra ganga, pero él se resistía, cambiaba el tema, era valiente y seco, sobre todo ante el terror.
Después de la noche de los balazos todo fue tan rápido, lo dejaron como está ahora o como ya no está, siento que ya mi exceso de lucidez no me deja saber lo que pasa para el mundo. Estuvimos siempre en esta parte nuestra, para el mundo es apenas un término que designa lo que no nos alcanza.
Pero, siento interrumpirme de momento, me llama el trabajo. Para impedir que nos asedien hay que asediar al mundo.