EL POZO
Con este millonario había empezado a trabajar hacía un par de años. Era un tipo generoso, extravagante, divertido, pero sumamente exigente con las cosas que se le metían en la cabeza. Cuando se dio cuenta de mi buena disposición, me hizo su hombre de confianza. Lo que me gustaba de él eran sus raros caprichos y su displicente manera de gastar la plata.
Al principio fui una especie de chico de los mandados, le hacía desde un trámite bancario hasta cambiarle un cuadro de lugar. Le encantaba hacerme apuestas por cualquier cosa: “Te juego quinientos pesos a que no terminás esto antes de las seis, y te juego mil a que no me conseguís esto otro”. Cuando ganaba no quería mi dinero, sólo me quitaba el día libre. Pero casi siempre se dejaba vencer, a cambio de conseguir lo que buscaba. Le encantaba regalarme plata, tenerme contento. Y a mí complacerlo.
Con el tiempo me enteré de la razón de su inmensa fortuna, pero no me importó, para mí seguía siendo el jefe que todos querrían tener. Yo me lo había ganado con mi incondicionalidad y trabajo. Lo seguía a todos lados y lo consentía en todos sus gustos. Una vez me jugó 1000 pesos a ver quién acertaba con la pared en la que se iba apoyar una mosca que revoleteaba por la habitación. Tenía esas cosas, por momentos parecía un chico. Cuando perdía no se enojaba, todo lo contrario, le encantaba pagarme, lo ponía de buen humor.
Un día me salió con una pregunta extraña, o no tanto. Yo me la veía venir, en los últimos días me había estado tanteando. La hizo sonriendo, seguramente para disimular sus implicancias: "¿serías capaz de matar? Te doy 10.000 pesos por cada muerto que me traigas. Pero ¡ojo que lo tengo que ver, eh! Nada de que venís y me decís ¡maté un tipo, maté a un tipo! Quiero prepararte para cosas importantes. Me caes bien y confío en vos". Le dije que sí, que para mí sería un trabajo más, que siempre estaría a su disposición y podría pedirme lo que sea.
El primer muerto me costó, pero el premio era atractivo y yo tenía mis ambiciones. "El cadáver lo cargás en la 4x4 y después lo enterrás en un lugar seguro, ya te voy a decir en dónde. No quiero que corramos riesgos". Después de un tiempo llegué a llevarle, dos o tres muertos por mes. Me felicitaba, pero a su manera: "¡Che, muy bien. Pero siempre hacés la más fácil, ¡son todos linyeras! Vamos a hacer una cosa, te duplico la guita, pero no me traigas más tipos que viven en la calle o debajo de un puente. Andá pensando en gente más normal, que tengan casa, familia. Y nada de hacer trampas que no soy boludo". La apuesta era muy tentadora y a esa altura ya le había tomado el gustito a la sangre. Además, soy un tipo sin prejuicios y sin culpas.
Esa segunda etapa la empecé con el pie derecho. A las dos semanas le llevé los cuerpos de un matrimonio joven de clase media. Me la pasé yirando hasta encontrar la ocasión. Siempre hay gente que se anima a salir de su casa a la madrugada, pese a la inseguridad. Que se jodan. Por suerte el baúl era grande. Cuando se los mostré se puso contento: "Empezaste haciendo doblete, ¡muy bien! Si me seguís trayendo de a dos me vas a fundir". A los muertos los enterraba en un campo de su propiedad a unos 200 km de capital, ahí, un poco antes de Dolores. El pozo lo cavaba yo mismo. La idea había sido del patrón: "¿Te acordás de ese campo del que te hablé, rodeado de cipreses?, bueno, te me vas hasta ahí y me cavás un pozo. Cuando entrés, a unos 2 km de la tranquera vas a ver un galpón. Estas son las llaves. Vas a encontrar todo lo que necesitás. Hacé las cosas bien, que sea profundo. Con la primera lluvia se empareja todo".
Fueron pasando los meses y le seguí llevando muertos. El jefe estaba encantado conmigo. Pero me siguió subiendo la apuesta. Después de un tiempo me pidió que mate a una antigua amante que lo amenazaba con contarle todo a su mujer. "Este es un pedido especial. Te voy a pagar el triple de lo que te estuve dando hasta ahora. Acá tenés todos los datos". La nueva demanda la viví como un crecimiento, se trataba de un trabajo más específico, más profesional. Me juré que le iba a cumplir y así fue. No había pasado un mes cuando se la llevé. Me dio un abrazo interminable. "Ahora voy a poder dormir tranquilo, me repitió más de una vez. Fue uno de los días más felices de mi vida".
Un par de semanas después me volvió a subir la apuesta: "¡Vos estás para más!". Me dio un papel con los nombres de dos tipos, eran hermanos, empresarios importantes que en el pasado le habían cagado negocios de mucha guita. "Me juré que me las iban a pagar. Vos me vas a ayudar en ésta". Mi primera reacción fue decirle que contara conmigo. Luego comprobería que llegar a cierta gente no es tan fácil, viven en casas protegidas, están siempre rodeados de matones. "Confío en vos, tomate el tiempo que necesités. No te pido que los mates a los dos, traeme uno y te lleno de plata. Me quiero dar ese gusto". No podía defraudarlo. Cuando empecé con él no tenía un peso, y ahora había ahorrado una pequeña fortuna. La cuestión es que me pasé semanas investigándolos, no siempre andaban juntos. Quería determinar cuál de los dos era el más vulnerable. Elegí a uno y lo seguí por todas partes, pero fue inútil, el tiempo fue pasando sin tener ninguna oportunidad. Cada tanto el patrón me preguntaba cómo iba la cosa, y yo le decía que me espere un poco más. Lo mismo me pasó con el otro hermano. Al jefe ya no sabía qué decirle. Finalmente un día, desesperado, le llevé un muerto. "¡Mire, yo sé que no es uno de los que me pidió, pero no quiero perder el training. Lo hice pensando en usted, creí que le iba a gustar mientras espera el premio mayor!". Solo atinó a decirme "andá, enterrálo en donde vos ya sabés".
Le daba vueltas y más vueltas a la cosa pero no podía cumplir con su solicitud. Llegué a convencerme de que el encargo me quedaba grande, lo que me generaba mucha frustración. Tenía miedo de defraudarlo y perder su confianza. El no cumplir con el deseo de quien me lo había dado todo me hacia sentir angustiado. Para peor, necesitaba seguir matando, había algo en mí que me incitaba. Esa fue mi perdición.
Un día sucedió lo que temía, fue una mañana muy temprano. Yo llegaba con la 4x4 cuando el patrón me vió entrar. Me pidió de mala manera (algo inusual en él) que abriera el baúl. No pude contradecirlo. Al ver al tipo que había matado se puso como loco. "¡Sos incurable, estoy cansado de que me traigas villeros, te dije que eso ya fue! ¡No quiero saber nada más con vos, sólo podés matar a pobres tipos indefensos, o cuando te doy todo servido!". Y siguió con el mismo tono un rato largo. Me resultó irreconocible, yo siempre había hecho lo que sea para complacerlo. Este era mi primer fracaso. Me dio bronca que no haya comprendido que las circunstancias eran distintas, que llegar a esa gente era muy difícil. Me ordenó que nunca más le use la camioneta, que volvería a contratarme sólo para que le haga los mandados, que no servía para otra cosa. Que para ajustar cuentas importantes iba a contratar a un profesional. Me hizo sentir humillado, empobrecido. Yo siempre pensé que me quería, que era su mano derecha.
Hice una vez más esos 200 km. Arranqué con una profunda tristeza, aunque a medida que avanzaba me fui relajando y, poco a poco, terminé por recuperarme. Al llegar ya me sentía bien, estaba mucho mejor de ánimo. Seguí el procedimiento de costumbre. Una vez enterrado el cuerpo de ese último linyera, empecé el segundo pozo. A pesar de la pena por el hecho de que las cosas no siempre terminan como uno quisiera, me sentía bien conmigo mismo: yo sabía que también era capaz de matar a gente importante, como el patrón.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada