DESMONTE (Novela, fragmento)
No pasó más de media hora y ya estaba el Diablo en lo de Bennet, para informar.
–Bueno, decime qué anda pasando, Lieberman… Me dicen que hubo una muerte, sabés que no me gusta que ocurran estas cosas en el pueblo… –Frank Bennett con su sola presencia imponía autoridad, y si estaba molesto por algo el hombre metía miedo. El representaba “el poder” en el área de la ciudad, Cabral Acevedo también tenía su peso, pero un poco se restringía a la zona norte, en la que funcionaban las distintas dependencias de la minera.
El Diablo, tardó en responderle. Sostenía su sombrero con ambas manos toqueteando el ala, y con la cabeza gacha.
–Mataron a una de las chicas de Mamá Aurora, la encontraron unos pibes tirada entre las cañas, ahí, a un costado de las vías. Le hundieron algo cortante en el pecho y antes parece que le hicieron todo tipo de porquerías y la golpearon bastante –relató el comisario casi en voz baja.
–¿A una de las chicas de la Aurora, me decís? ¿A cuál, che?
–A la Delfina, la flaquita, que era polaca, decían… –el Diablo tenía algo más que decir pero todavía no le salía, de a ratos levantaba la vista y lo espiaba a Bennett, que tal vez era el único del pueblo al que le tenía respeto.
Carlos “el Diablo” Lieberman, se había formado en la Gendarmería, en la que sirvió durante diez años en la frontera norte, después, a través de algunos contactos logró entrar en la policía de Telapa y por fin, desde hacía unos 7 u 8 años estaba a cargo del destacamento en San Francisco Javier. Para él no había este u oeste, el Diablo reinaba en las calles de todo el pueblo, cruzaba las vías como quien camina en su casa del living al baño.
–Qué macana, viejo, pocas tiraban la goma como ella, hemos perdido una de las mejores del plantel… –dijo, y largo una carcajada, pero en seguida compuso una seriedad extremadamente teatral, como le gustaba a él–. Bueno, bueno, ahora fuera de broma…, sí, es una pena lo de esta piba pero, ¿por qué venís a contarme esto vos personalmente?
El Diablo bajó aún más la cabeza, al tiempo que estrujaba el sobrero.
–Bueno, ¿vas a hablar o te vas a quedar ahí parado como un tonto, decime, qué necesitás? –insistió Bennett, ya algo molesto.
–Lo que pasa Sr. Bennett es que encontraron la que podría ser el arma que se usó para matarla… Uno de mis hombres la encontró entre los pastizales a unos 50 metros de donde estaba el cuerpo –el Diablo hablaba sin levantar la vista de sus borceguíes.
–¿Y, qué tengo yo que ver con eso? Dale, hablá de una vez o te hago sacar de acá…
Carlos “el Diablo” Lieberman levantó por fin la vista y miró a los ojos a Frank Bennett, ya sin miedo, sino más bien intentado comunicarle que, a pesar de lo delicado de la situación que de inmediato iba a describirle, él estaba de su lado y que ya se vería cómo se arreglaban las cosas.
–¿Vas a hablar o no? Che, a veces parecés tonto, vos… –recién ahí, más allá de continuar sosteniendo con minuciosidad ese papel de patrón entre violento y considerado que nunca abandonaba, Bennett le pareció percibir que algo de lo que le estaba a punto de decir el Buitre no le iba a gustar, que no le iba a gustar para nada.
–Es que el hacha que se encontró, porque parece que la mataron con un hacha, es la del Marcelo, sabe…
Frank Bennett primero le fijó la vista, achicando los ojos como quien trata de poner en foco algo que no alcanza a ver del todo bien o como quien no puede dar crédito a lo que le acaba de oir, y enseguida se incorporó, rodeó el escritorio y fue hacia el Diablo. Parado frente él, y acercándole la cara, o más bien la oreja, con gesto de desconcierto le pidió que le repita lo que acababa de decirle.
–¿Qué me estás diciendo, me repetís, que encontraron qué?
–El hacha del Marcelo…, la encontraron ahí cerca, y el médico dice que muy bien pudo haber sido el arma homicida. Usted sabe, todo el mundo por aquí conoce el hacha de cada uno, la del Marcelo tiene talladas sus iniciales y una cabeza de perro… Todos la conocen…, y la encontraron ahí, con el filo ensangrentado…
–¡¿Vos venís hasta aquí, a mi casa, para decirme que fue uno de mis hijos quien mató a la puta de mierda esa?!
La voz de Bennett, que gritó esas últimas palabras, hicieron que irrumpiera Mendoza, jefe de seguridad de la familia, que había acompañado a Lieberman hasta el despacho de su jefe y se había quedado sentado ahí afuera, al lado de la puerta.
–¿Todo bien, Sr. Bennett? –preguntó, aunque mirándolo al Diablo y no a Bennett.
–No, un disparate que me trae éste. Vení, quedate, creo que tenés que estar al tanto de esta gansada –y dirigiendo otra vez la mirada hacia el Diablo, volvió a preguntarle–. ¿Vos me estás diciendo que mi hijo, “mi hijo”, es sospechoso de la muerte de la puta poronga esa? ¿Eso me venís a decir?
Mendoza dio un par de pasos y se quedó más cerca de Lieberman, y éste lo miró firme.
–Yo simplemente vine a ponerlo al tanto, Sr. Frank, porque había unos cuantos ahí cuando mi hombre salió con el hacha del pastizal y varios comentaron que la reconocían, que era la de su hijo. Se imagina que yo voy a tratar de poner un poco de orden en todo esto, pero quise avisarle, nomás, quise que usted supiese rápido lo que pasó, porque van a andar hablando por ahí, y a la calle a veces es difícil controlarla… –Liberman volvió a mirar a Mendoza, que en ningún momento le quito la mirada firme de encima, como quien sigue con la mira a un animal esperando el momento justo para hacer fuego.
–¿Vos sabés cuánto lleva mi familia en este lugar? ¿Vos sabés que cuando llegamos acá no había nada, que solamente había campo enmarañado y montaña, que yo mismo ya llevo treinta años en el aserradero y que levanté la mejor parte de este pueblo de mierda? ¿Así que vos pensás que yo me pelé el traste durante toda mi vida para que ahora vengan y me digan que mataron a una puta polaca de mierda y que les parece que la mataron con el hacha de un hijo mío? De un hijo mío… ¿Eso venís a decirme?, haciéndote el compungido, en vez de ocuparte de averiguar bien a ver qué carajo pasó ahí y poner las cosas en claro de una vez. O te olvidás que a vos también te inventé yo, o te olvidás las cosas que ayudé a tapar para que no te vengan a buscar los de la Central y te metan de los pelos en la cárcel para siempre –tras decir esto, Bennett fue hasta la ventana, se quedó unos segundos de espaldas, se ve que buscando tranquilizar un poco la respiración, hasta que por fin se volvió hacia Lieberman, se le acercó, los tomó con ambas manos de los brazos y construyó una sonrisa conciliatoria–. Disculpá, Diablo, pero vos ya sabés que hay cosas que a mí me ponen mal. Que hablen de mi familia no me gusta…, vos ya sabés que en esta ciudad hay gente que no me quiere bien, que inventa cosas, que le gustaría ver a mi familia quebrada y en la calle… Te pido por favor, fijate cómo me arreglás esto, los dos sabemos bien que Marcelo no pudo tener que ver con esto, si el pibe es incapaz de matar una mosca. Aparte de qué minas estamos hablando, si es más tímido que no sé qué. Si es un ganso, y vos lo sabés, ¿o no lo llevaste vos mismo un par de veces al campo de esas amigas tuyas para que lo aviven un poco…? –Bennett largó una carcajada y le dio unas palmaditas en la cara en señal de familiaridad–. Andá, Carlos, andá y averíguame bien qué pasó, y no dejes que la gente siga hablando boludeces por ahí. Ah, ¿y quién me decís que encontró el cuerpo…?
–Los pibes esos, a los que llaman Los duendes… No, son buenos chicos, todos del pueblo, hijos de gente de acá…
–¿Pero entre ellos hay un par de indiecitos que vienen del Quillango, no? Mirá que esa gente anda rompiendo las pelotas por ahí con eso de que les sacamos las tierras y todas esas boludeces… No vaya a ser que los pibes estos vayan y hagan correr este disparate. Mejor andá y asustámelos un poco, simplemente para que se olviden de lo que vieron, sabés, que sigan en lo suyo, que mañana empieza el Carnaval… Tomá, dales unos manguitos para que se compren cohetes, alguna careta o cosas de esas…
No pasó más de media hora y ya estaba el Diablo en lo de Bennet, para informar.
–Bueno, decime qué anda pasando, Lieberman… Me dicen que hubo una muerte, sabés que no me gusta que ocurran estas cosas en el pueblo… –Frank Bennett con su sola presencia imponía autoridad, y si estaba molesto por algo el hombre metía miedo. El representaba “el poder” en el área de la ciudad, Cabral Acevedo también tenía su peso, pero un poco se restringía a la zona norte, en la que funcionaban las distintas dependencias de la minera.
El Diablo, tardó en responderle. Sostenía su sombrero con ambas manos toqueteando el ala, y con la cabeza gacha.
–Mataron a una de las chicas de Mamá Aurora, la encontraron unos pibes tirada entre las cañas, ahí, a un costado de las vías. Le hundieron algo cortante en el pecho y antes parece que le hicieron todo tipo de porquerías y la golpearon bastante –relató el comisario casi en voz baja.
–¿A una de las chicas de la Aurora, me decís? ¿A cuál, che?
–A la Delfina, la flaquita, que era polaca, decían… –el Diablo tenía algo más que decir pero todavía no le salía, de a ratos levantaba la vista y lo espiaba a Bennett, que tal vez era el único del pueblo al que le tenía respeto.
Carlos “el Diablo” Lieberman, se había formado en la Gendarmería, en la que sirvió durante diez años en la frontera norte, después, a través de algunos contactos logró entrar en la policía de Telapa y por fin, desde hacía unos 7 u 8 años estaba a cargo del destacamento en San Francisco Javier. Para él no había este u oeste, el Diablo reinaba en las calles de todo el pueblo, cruzaba las vías como quien camina en su casa del living al baño.
–Qué macana, viejo, pocas tiraban la goma como ella, hemos perdido una de las mejores del plantel… –dijo, y largo una carcajada, pero en seguida compuso una seriedad extremadamente teatral, como le gustaba a él–. Bueno, bueno, ahora fuera de broma…, sí, es una pena lo de esta piba pero, ¿por qué venís a contarme esto vos personalmente?
El Diablo bajó aún más la cabeza, al tiempo que estrujaba el sobrero.
–Bueno, ¿vas a hablar o te vas a quedar ahí parado como un tonto, decime, qué necesitás? –insistió Bennett, ya algo molesto.
–Lo que pasa Sr. Bennett es que encontraron la que podría ser el arma que se usó para matarla… Uno de mis hombres la encontró entre los pastizales a unos 50 metros de donde estaba el cuerpo –el Diablo hablaba sin levantar la vista de sus borceguíes.
–¿Y, qué tengo yo que ver con eso? Dale, hablá de una vez o te hago sacar de acá…
Carlos “el Diablo” Lieberman levantó por fin la vista y miró a los ojos a Frank Bennett, ya sin miedo, sino más bien intentado comunicarle que, a pesar de lo delicado de la situación que de inmediato iba a describirle, él estaba de su lado y que ya se vería cómo se arreglaban las cosas.
–¿Vas a hablar o no? Che, a veces parecés tonto, vos… –recién ahí, más allá de continuar sosteniendo con minuciosidad ese papel de patrón entre violento y considerado que nunca abandonaba, Bennett le pareció percibir que algo de lo que le estaba a punto de decir el Buitre no le iba a gustar, que no le iba a gustar para nada.
–Es que el hacha que se encontró, porque parece que la mataron con un hacha, es la del Marcelo, sabe…
Frank Bennett primero le fijó la vista, achicando los ojos como quien trata de poner en foco algo que no alcanza a ver del todo bien o como quien no puede dar crédito a lo que le acaba de oir, y enseguida se incorporó, rodeó el escritorio y fue hacia el Diablo. Parado frente él, y acercándole la cara, o más bien la oreja, con gesto de desconcierto le pidió que le repita lo que acababa de decirle.
–¿Qué me estás diciendo, me repetís, que encontraron qué?
–El hacha del Marcelo…, la encontraron ahí cerca, y el médico dice que muy bien pudo haber sido el arma homicida. Usted sabe, todo el mundo por aquí conoce el hacha de cada uno, la del Marcelo tiene talladas sus iniciales y una cabeza de perro… Todos la conocen…, y la encontraron ahí, con el filo ensangrentado…
–¡¿Vos venís hasta aquí, a mi casa, para decirme que fue uno de mis hijos quien mató a la puta de mierda esa?!
La voz de Bennett, que gritó esas últimas palabras, hicieron que irrumpiera Mendoza, jefe de seguridad de la familia, que había acompañado a Lieberman hasta el despacho de su jefe y se había quedado sentado ahí afuera, al lado de la puerta.
–¿Todo bien, Sr. Bennett? –preguntó, aunque mirándolo al Diablo y no a Bennett.
–No, un disparate que me trae éste. Vení, quedate, creo que tenés que estar al tanto de esta gansada –y dirigiendo otra vez la mirada hacia el Diablo, volvió a preguntarle–. ¿Vos me estás diciendo que mi hijo, “mi hijo”, es sospechoso de la muerte de la puta poronga esa? ¿Eso me venís a decir?
Mendoza dio un par de pasos y se quedó más cerca de Lieberman, y éste lo miró firme.
–Yo simplemente vine a ponerlo al tanto, Sr. Frank, porque había unos cuantos ahí cuando mi hombre salió con el hacha del pastizal y varios comentaron que la reconocían, que era la de su hijo. Se imagina que yo voy a tratar de poner un poco de orden en todo esto, pero quise avisarle, nomás, quise que usted supiese rápido lo que pasó, porque van a andar hablando por ahí, y a la calle a veces es difícil controlarla… –Liberman volvió a mirar a Mendoza, que en ningún momento le quito la mirada firme de encima, como quien sigue con la mira a un animal esperando el momento justo para hacer fuego.
–¿Vos sabés cuánto lleva mi familia en este lugar? ¿Vos sabés que cuando llegamos acá no había nada, que solamente había campo enmarañado y montaña, que yo mismo ya llevo treinta años en el aserradero y que levanté la mejor parte de este pueblo de mierda? ¿Así que vos pensás que yo me pelé el traste durante toda mi vida para que ahora vengan y me digan que mataron a una puta polaca de mierda y que les parece que la mataron con el hacha de un hijo mío? De un hijo mío… ¿Eso venís a decirme?, haciéndote el compungido, en vez de ocuparte de averiguar bien a ver qué carajo pasó ahí y poner las cosas en claro de una vez. O te olvidás que a vos también te inventé yo, o te olvidás las cosas que ayudé a tapar para que no te vengan a buscar los de la Central y te metan de los pelos en la cárcel para siempre –tras decir esto, Bennett fue hasta la ventana, se quedó unos segundos de espaldas, se ve que buscando tranquilizar un poco la respiración, hasta que por fin se volvió hacia Lieberman, se le acercó, los tomó con ambas manos de los brazos y construyó una sonrisa conciliatoria–. Disculpá, Diablo, pero vos ya sabés que hay cosas que a mí me ponen mal. Que hablen de mi familia no me gusta…, vos ya sabés que en esta ciudad hay gente que no me quiere bien, que inventa cosas, que le gustaría ver a mi familia quebrada y en la calle… Te pido por favor, fijate cómo me arreglás esto, los dos sabemos bien que Marcelo no pudo tener que ver con esto, si el pibe es incapaz de matar una mosca. Aparte de qué minas estamos hablando, si es más tímido que no sé qué. Si es un ganso, y vos lo sabés, ¿o no lo llevaste vos mismo un par de veces al campo de esas amigas tuyas para que lo aviven un poco…? –Bennett largó una carcajada y le dio unas palmaditas en la cara en señal de familiaridad–. Andá, Carlos, andá y averíguame bien qué pasó, y no dejes que la gente siga hablando boludeces por ahí. Ah, ¿y quién me decís que encontró el cuerpo…?
–Los pibes esos, a los que llaman Los duendes… No, son buenos chicos, todos del pueblo, hijos de gente de acá…
–¿Pero entre ellos hay un par de indiecitos que vienen del Quillango, no? Mirá que esa gente anda rompiendo las pelotas por ahí con eso de que les sacamos las tierras y todas esas boludeces… No vaya a ser que los pibes estos vayan y hagan correr este disparate. Mejor andá y asustámelos un poco, simplemente para que se olviden de lo que vieron, sabés, que sigan en lo suyo, que mañana empieza el Carnaval… Tomá, dales unos manguitos para que se compren cohetes, alguna careta o cosas de esas…

